La izquierda sadomasoquista

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24 de marzo de 2014

 

José Mendi, Mariano Santiso y Rubén Fernández
Miembros del colectivo Espacio Abierto

Tiempo de elecciones, tiempo de inflamaciones. A dos meses de los próximos comicios europeos de mayo las propuestas electorales de las formaciones políticas se van abriendo paso en esta primavera propicia a la alergia “urnatológica”. Curiosamente, ¿o no?,  en el momento de mayor confrontación ideológica en Europa entre la izquierda y la derecha, la falta de implicación democrática en la ciudadanía proviene más de la falta de credibilidad en el sistema de participación que del rechazo a las ideas que se debaten en su seno. Hasta hace poco tiempo nos hemos quejado, desde las opciones más progresistas, de que la abulia democrática era un fenómeno que afectaba en mayor medida a la izquierda y, coherentemente, beneficiaba a la derecha. Hoy ya no es posible defender este argumento con rigor desde posiciones sociológicamente científicas. En Europa avanza, también, lo que podríamos denominar, con una cierta dosis de contradicción, como “apatía movilizadora” que afecta a todo el arco sociopolítico. La intervención ciudadana se hace más plural, más crítica y más distante con lo conocido. Lo hace en mayor medida, y proporcionalmente, en que la proximidad a lo existente se asimila a palabras como “poder” y “gobierno”.  Esta energía social y electoral puede reactivarse por sus, hasta ahora, habituales cauces, permanecer latentemente indignada o comenzar a fluir por otras vías alternativas. Pero lo importante es que terminará por visualizarse.  Lo que demuestra que en las elecciones, como en la vida, la energía ni se crea ni se destruye. Sólo se transforma.

Las citas europeas siempre han tenido un fuerte componente sadomasoquista tanto para los electores como para los elegibles. Los votantes han utilizado estos comicios para castigar a los gobiernos y a las formaciones políticas, incluso a costa de su propio beneficio como ciudadanos de la Unión. En este caso pueden hostigar al propio sistema democrático, en su conjunto, batiendo el récord de abstención en unas elecciones. Por otra parte los partidos políticos hacen su particular macro encuesta y testean a la sociedad pensando en las próximas elecciones generales. Se miden más entre sí que a favor o en contra de un proyecto, en este caso de la derecha europea. Buena muestra de ello es que el próximo 25 de mayo podemos asistir a la mayor dispersión de representación europarlamentaria en la izquierda. Justamente en el momento de mayor agresión de la derecha, las izquierdas se dedican a confrontarse mutuamente como avanzadilla para su negociación en la futura disputa del espacio en las próximas elecciones generales. No se dan cuenta. Mejor dicho, no quieren darse cuenta de que nos estamos jugando el futuro de la ciudadanía europea que es nuestro presente y nuestros derechos. La decisión que vamos a tomar los europeos en mayo “sólo” consiste en saber si vamos a poner al frente de Europa a otro “Rajoy” que sea capaz de extender y multiplicar en toda la Unión la política de recortes con la que han ensayado, y se han ensañado, en países como España. Ese otro y más poderoso Rajoy europeo se llama Juncker (tranquilos le sobra la “c” para que se llame igual que el terrible bombardero alemán que asoló Guernica, Madrid y buena parte de la España republicana). A él y todo lo que significa ese proyecto de la derecha dura que se camufla con palabras como “social” y “cristiana” son a quienes debemos derrotar en la cita del 25 de mayo.

Este objetivo que parece tan obvio es incluso prioritario a la derrota del propio Rajoy. En particular porque el desalojo del poder del PP sería una consecuencia lógica y electoral más accesible si conseguimos el triunfo de la izquierda en estos comicios. Por ello resulta sorprendente que la estrategia electoral de las formaciones políticas a la izquierda del PSOE se base, casi en exclusividad, en una única tesis: las elecciones europeas son para derrotar el bipartidismo (PP y PSOE). Esta estrategia va acompañada de un corolario que indica, por supuesto sin necesidad de demostración con prueba alguna, que vamos encaminados a un futuro gobierno de coalición entre dichos partidos en España. No hay más. O no hace falta más. Es suficiente con recuperar la vieja y fracasada leyenda  de la “pinza”, alimentada en su día por el PP,  y cocinarla al estilo Cayo Lara para obtener un buen resultado electoral para IU y digno para otras formaciones de izquierda. Una receta que se nutre de tres ingredientes básicos como son la abstención, la conspiración y la frustración. Si aderezamos el resultado obtenido con unas malas hierbas de egoísmo, rencor y soberbia el plato está dispuesto en su punto para ser devorado… por la derecha.

La idea es simple. Borrar al PSOE como opción de la izquierda y que sus votantes pasen directamente a votar al PP (según este mensaje es lo mismo que el PSOE), redimirse y pasar a votar directamente a una de las múltiples candidaturas que se proclaman como izquierda auténtica o engrosar la abstención desencantada y situada en el rechazo a cualquier opción política. Así los ciudadanos no tienen más que esperar otros 20 años a que estas opciones tengan mayoría suficiente para gobernar en solitario. Mientras tanto el PP seguiría gobernando, como en Extremadura.

Por supuesto ante un mensaje tan irracional y poco riguroso intelectualmente, como el que se enarbola en esta cruzada contra el llamado “bipartidismo”, no caben postulados científicos que echen por tierra esta creencia que inaugura la “parapolítica” como nueva ciencia esotérica que estudia al propio “maligno” encarnado por las siglas PP-PSOE. Habrán  advertido que la suma de las siglas de estos dos partidos es el número seis. Así que una triple negación, modelo “Pedro”, de esta posibilidad de acuerdo nos llevaría directamente al diabólico número seiscientos sesenta y seis… Pero retomemos algunos argumentos más serios al respecto de esta estrategia que nos lleva a contradicciones reales que pueden poner en apuros esta ofensiva contra el llamado “bipartidismo”. ¿O no es una contradicción con este modelo que desde Izquierda Unida se mantenga al gobierno del PP en Extremadura y al mismo tiempo se gobierne conjuntamente en Andalucía (y muchos ayuntamientos) con la parte PSOE de ese dúo maldito al que debemos aniquilar desde la izquierda? Y eso a pesar de que el vicepresidente de IU del gobierno de coalición andaluz con el PSOE, Diego Valderas, dice que ambos socios están a partir un piñón. Así que unos quieren partirles los piños al PSOE, otros parten piñones y otros les dan las piñas al PP en tierras extremeñas. Sólo que son los mismos…

El electorado puede resistirlo todo en materia de estrategias de partido. Cierto que la tendencia política de los últimos tiempos no es favorable al PSOE. Se lo ha ganado a pulso con algunas de sus actuaciones desde la última legislatura de Zapatero. Así que reconozcamos que algo han contribuido los conservadores fuegos fatuos de los socialistas, más desde la Moncloa que desde Ferraz, para potenciar estas creencias. Pero con todo, los hombres y las mujeres de la izquierda debemos impulsar y priorizar una estrategia ciudadana propia y progresista. Los partidos ya no nos piden, ni imponen, ni sugieren el voto. Como en la estrategia publicitaria más hábil. El éxito de un producto no es la compra o el consumo del mismo. Lo que define el triunfo de una marca es que sepa imponer una estrategia para inducir a un comportamiento global en relación a dicha marca. En política este funcionamiento es más delicado todavía porque implica una decisión sobre nuestra gobernanza y las leyes y normas que la regulan democráticamente. Meditemos sobre nuestra estrategia como ciudadanos con derecho a derechos. Cuál es el resultado que nos gustaría obtener y que sería lo mejor para la mayoría de la sociedad en un sentido progresista. En este caso para Europa pero también para nuestro país.  Apliquemos el resultado a las diversas opciones electorales, sus candidatos y candidatas con los pros y contras del pasado, presente y futuro. Miren los colores. Háganlo con sus ojos. Y no acepten gafas. ¿De verdad ven igual a la izquierda y a la derecha? Quizás se sorprendan del resultado. El gobierno y Rajoy, seguro.

A modo de conclusión creemos que es más sensato que cada expresión de la izquierda explique su programa, sus propuestas y marque su territorio electoral, de modo respetable, pero sin intentar demonizar a su colateral ideológico más próximo. Busquemos lo que ya de hecho se produce en la calle, unidad en la movilización contra los recortes y las políticas antisociales. Sigamos apoyando, las mareas contra el recorte social, el 22 M con las Marchas de la Dignidad, la lucha contra los desahucios, contra la reforma laboral; la Ley de Aborto; la ley de seguridad ciudadana; la nueva ley de justicia universal… Así será más fácil que tras las elecciones podamos encontrar puntos de acuerdo sobre programas comunes para posibles colaboraciones en los distintos ámbitos de gobiernos municipales, autonómicos, estatales o europeos.

De supervivientes a protagonistas

Rubén Fernández 03/03/2014

 

“En este momento la hegemonía de la derecha es tal que cualquier proceso sería de carácter reaccionario y no progresista. Podemos pedir la Luna, pero la realidad es más miserable”

La gente más peligrosa es la que se cree estar en posesión de la verdad absoluta. Y como ya nos alertaba Cela: “Lo malo de los que se creen en posesión de la verdad es que cuando tienen que demostrarlo no aciertan ni una”. En estos tiempos oscuros los autosuficientes se convierten en reaccionarios o en “pastores” de iglesias que prometen paraísos inexistentes. No me gustan los que tienen ideas tan claras sobre el qué hacer y cómo debe ser el nuevo tiempo.

No es fácil acertar el diagnóstico. Pero sí hay un consenso generalizado en que hemos tocado techo, el mundo ha cambiado y ya nada será igual. Hay quienes, desde la derecha, sí tienen un proyecto realista que avanza de forma inexorable. En cambio, en la izquierda se intuye que todo irá a peor. No habrá retorno al pasado de los 80 ni al del año 2000, como querrían desde la socialdemocracia, pero tampoco se abrirán las “anchas alamedas” de una revolución triunfante. La hegemonía de este proceso social en Europa está en los conservadores. Mientras, la izquierda y las fuerzas de progreso permanecen en el desconcierto.

La socialdemocracia ha sido, junto a otros, la columna vertebral de un proyecto de España exitoso en estos últimos 35 años que nos ha conducido a un Estado moderno. A pesar de que en el camino ha ido dejando muchos jirones, posiblemente innecesarios, que hoy serían imprescindibles para la recuperación del impulso y la credibilidad. Yo provengo de la otra izquierda. Aquella que actuó con generosidad en el proceso democrático, el impulso del cambio y la reconciliación. La que sumó esfuerzos para la consolidación del sistema de libertades y nos llenó de orgullo tras influir, y determinar en buena medida, en lo que hoy son las trincheras de la resistencia democrática. Pero esa izquierda hoy rechaza su propia historia y solo plantea resistencia y rebelión como si su proyecto no fuera de este mundo en un claro ejemplo de política “adanista” como si acabara de entrar en contacto con la sociedad.

Definir un proyecto de España como proyecto común que cuente con un respaldo mayoritario debería ser un objetivo de todos. Pero esto parece imposible. La derecha del PP ni lo busca, ni lo quiere, ni lo desea. Su proyecto tiene éxito; no contempla derechos sociales, ni igualdad de oportunidades, ni proyecto de integración, ni de redistribución de la riqueza. Sólo pretende la destrucción de nuestro pequeño Estado del Bienestar.

Sin embargo nunca debería descartarse un amplio acuerdo común sobre las reglas de juego que compartimos una inmensa mayoría. Ahora bien, la izquierda sí tiene la responsabilidad de tener un Plan, un proyecto de País, que defina la España de los próximos decenios. Una propuesta, en definitiva, que tenga el apoyo mayoritario de quienes han perdido la confianza y de quienes no han vivido el consenso que nos ha sustentado en los últimos 35 años.

¿Reforma Constitucional?, ¿proceso constituyente? En serio, los cambios son imprescindibles. Pero en este momento la hegemonía de la derecha es tal que cualquier proceso sería de carácter reaccionario y no progresista. Podemos pedir la Luna pero la realidad es más miserable. Ahora la prioridad es derrotar a la derecha en su conjunto y crear una mayoría electoral y social de resistencia primero, de revertir decisiones después y más tarde de cambio y empuje de políticas progresistas. Lo demás sólo dará pequeños réditos electorales temporales pero alejará las posibilidades reales de cambio.

La Regeneración Democrática debería tener, en mi opinión, algunas premisas imprescindibles. La ubicación de Cataluña en España con un acuerdo suficiente, generoso y solidario, posiblemente Federal. Este es el verdadero problema, ni tan siquiera lo es el País Vasco, y ni mucho menos para el conjunto de las otras Comunidades Autónomas. Ser federalista no es votar “Sí” en un hipotético referéndum catalán. El acuerdo debe ser entre las Instituciones del Estado y las de Cataluña.

Se imponen también otras medidas de regeneración democrática y participativa que aborde la Reforma de los Partidos Políticos, su funcionamiento democrático, financiación, la celebración obligatoria de primarias ciudadanas abiertas para la elección de candidatos… etc. Es imprescindible también asumir una reforma electoral que permita identificar y relacionar más y mejor al cargo público directamente con sus electores a través de listas abiertas y/o desbloqueadas, tolerancia cero a la corrupción política, mayor proporcionalidad y posibilidades de segundas vueltas, si no se consiguen mayorías absolutas en la primera votación, que darían estabilidad y obligaría a la búsqueda de acuerdos amplios. En definitiva, mejorar el sistema de la democracia representativa introduciendo mecanismos de control democrático y de mayor participación. A la par, socialmente, debemos “blindar” los derechos democráticos y las conquistas sociales básicas y los pilares del Estado del Bienestar.

Necesitamos un nuevo Estatuto de la Jefatura del Estado con un papel más definido que supere la situación actual de “limbo”. Para ello sería imprescindible la abdicación rápida del Rey actual y la asunción por parte del Príncipe Felipe de la Jefatura del Estado bajo una nueva Ley de Transparencia. El tiempo dirá a la sociedad española si la utilidad y el papel equilibrador de una monarquía parlamentaria es más acertado y crea un mayor consenso social que un modelo republicano.

Debemos reforzar el papel de España en una nueva Europa. El gran proyecto Europeo que ilusionó a los ciudadanos a finales del siglo pasado tras nuestra integración en aquél lejano “mercado común”, ha frustrado esperanzas y ya no sirve. Por ello la creación de un espacio desde el Sur de Europa en comunión con los movimientos progresistas debe equilibrar la hegemonía actual de la derecha europea y del centro frente a la periferia. Más Europa sí, pero la actual ya no sirve.

Un proyecto progresista para España requiere un liderazgo fuerte, que diga la verdad, y que afronte los cambios. Que pueda pedir sacrificios pero que apoye a los de abajo y que plantee la redistribución de la riqueza como un criterio imprescindible en su actuación diaria.

Sin duda hay que buscar un momento de legitimación de las nuevas reglas de juego. Yo, que ya tengo 50 años, no pude votar la Constitución de 1978 aunque lo hubiera hecho encantado porque abrió una nueva España en la que vislumbrábamos un fututo difícil, pero posible, como así fue. Hoy no hay ni eso. Por esta razón el nuevo “Contrato Social” con la ciudadanía debe responder, como lo hizo nuestra Constitución entonces, a los nuevos retos y las nuevas demandas en un mundo cambiante.  Pero Dios nos libre de verdades absolutas y de recetas mágicas en la derecha y en la izquierda. Para ello, primero, articulemos un proyecto progresista, un proyecto de mayoría, que ahora no existe. Pero no dudamos ni de su necesidad ni de que pronto lo veremos al frente de nuestra sociedad.

[*] Rubén Fernández Casar es promotor de Espacio Abierto

El derecho a decidir y la izquierda

Héctor Maravall

Publico.es 28 de febrero de 2014

 

Es evidente que la izquierda tenemos un importante y complicado reto ante el conflicto que se esta desarrollando en Cataluña en relación al derecho a decidir.

La izquierda de tradición socialista y comunista nunca hemos sido nacionalistas. Mas aun, hemos considerado que el nacionalismo históricamente ha ocultado o manipulado conflictos de clase y en definitiva ha beneficiado los intereses de las minorías dominantes.

La izquierda en Cataluña mientras el PSUC ostento el liderazgo político e ideológico, supo vincular adecuadamente la lucha por los derechos de los trabajadores, por la democracia y por las libertades nacionales, pero posteriormente, a partir de la duradera presencia de CIU en el gobierno de la Generalitat, fue cada vez mas incapaz de confrontar un modelo político propio con el de la derecha nacionalista y al final quien ha logrado la hegemonía política y social en Cataluña ha sido CIU. Por tanto, en la evolución de la sociedad catalana hay una grave responsabilidad de la izquierda, aunque esta sea de muy distinto calibre en el PSC que en ICV.

También la izquierda del conjunto de España no hemos comprendido a tiempo ni hemos dado la importancia que se merecía a la nueva realidad que se iba fraguando en Cataluña. El PSOE, sumido en los bandazos de los gobiernos de Rodríguez Zapatero y atenazado por las contradicciones entre sus diversas federaciones territoriales. IU, refugiada en pronunciamientos genéricos, que si a principios de la democracia pudieron ser los necesarios, desde al menos hace una década ya eran claramente insuficientes.

CIU y ERC han jugado sus bazas, no había que esperar otra cosa de ellos, y por el momento con buenos resultados. Y el PP se ha movido entre exacerbar las tensiones nacionalistas con su centralismo y sus actuaciones contra el nuevo Estatut y la suicida parálisis trufada de amenazas que esta caracterizando la política del gobierno de Rajoy.

Así las cosas tenemos un complejo problema, en el que lamentablemente la izquierda en Cataluña y en España no tenemos posiciones comunes, ni siquiera dentro de nuestras organizaciones políticas.

Hay un sector no desdeñable que se aferra estricta y exclusivamente a la legalidad constitucional. Por supuesto que sería deseable que se cumpliera a pies juntillas la Constitución. Pero la Constitución de 1978, con la que yo siempre me he sentido plenamente identificado, no sirve para resolver el conflicto en sus dimensiones actuales. Tenemos un serio problema político y tenemos que afrontarlo y resolverlo con actuaciones políticas y si estas requieren cambiar la Constitución, pues tendremos que cambiarla sin ningún genero de dudas. La Constitución es un instrumento para la convivencia democrática, no para enconar conflictos en la convivencia.

Debemos ser capaces de combatir ideológicamente al nacionalismo y a la vez defender hasta el final los derechos de la ciudadanía nacionalista. Y lo que no debemos admitir, por muchos argumentos jurídicos que se puedan esgrimir, es que se obligue por las bravas a que la sociedad catalana se mantenga integrada en España, si esa no es su voluntad mayoritaria.

No podemos compartir, porque es una falacia nacionalista, la supuesta explotación político-cultural de España a Cataluña, ya que sería ocultar la realidad de la sociedad de clases, en la que la alta burguesía catalana ha explotado siempre a las clases populares catalanas, apoyándose, cuando ello ha sido necesario, en los poderes políticos, económicos y militares del conjunto de España. Como también fue una realidad la fuerte presencia del Carlismo, de la Falange, de la derecha nacional católica en la sociedad catalana de la posguerra y las primeras decadas del franquismo. Y tampoco debemos aceptar la tan aireada y nunca rigurosamente demostrada, explotación fiscal. Pero de la misma forma no podemos ignorar y despreciar el sentimiento nacional y/o independentista de buena parte de la sociedad catalana.

En definitiva, desde los principios democráticos, hay que respetar el derecho a decidir, que es plenamente compatible con pronunciarse contra la independencia, explicando con claridad las nefastas consecuencias que ello traería para las clases trabajadoras de Cataluña y del conjunto de España, en un mundo de creciente globalización de los poderes económicos y de la fuerza de las minorías dominantes. Debemos poner de relieve que en la Cataluña hegemonizada por la derecha nacionalista, agresivamente neoliberal, los intereses del capitalismo prevalecerían con mayor intensidad que hoy, si cabe, sobre los intereses de las clases populares. Los trabajadores catalanes y los españoles serían más débiles frente a la gran patronal catalana y española.

Pero no solo hay que pactar la articulación legal del derecho a decidir. La izquierda tenemos que presentar nuestra propia alternativa al independentismo, que en mi opinión no puede ser otra que la consolidación de un Estado Federal, reconocido en una reforma de la Constitución, basado en la realidad plurinacional de España, que establezca unos cauces financieros que garanticen la solidaridad, el reforzamiento del Estado de Bienestar para todos, y el respeto a la diversidad.

Aun estamos a tiempo de recuperar el mucho tiempo perdido, con un discurso que respete el derecho a decidir y que impulse un modelo de Estado Federal garante de los derechos sociales y la cohesión social.