De supervivientes a protagonistas

Rubén Fernández 03/03/2014

 

“En este momento la hegemonía de la derecha es tal que cualquier proceso sería de carácter reaccionario y no progresista. Podemos pedir la Luna, pero la realidad es más miserable”

La gente más peligrosa es la que se cree estar en posesión de la verdad absoluta. Y como ya nos alertaba Cela: “Lo malo de los que se creen en posesión de la verdad es que cuando tienen que demostrarlo no aciertan ni una”. En estos tiempos oscuros los autosuficientes se convierten en reaccionarios o en “pastores” de iglesias que prometen paraísos inexistentes. No me gustan los que tienen ideas tan claras sobre el qué hacer y cómo debe ser el nuevo tiempo.

No es fácil acertar el diagnóstico. Pero sí hay un consenso generalizado en que hemos tocado techo, el mundo ha cambiado y ya nada será igual. Hay quienes, desde la derecha, sí tienen un proyecto realista que avanza de forma inexorable. En cambio, en la izquierda se intuye que todo irá a peor. No habrá retorno al pasado de los 80 ni al del año 2000, como querrían desde la socialdemocracia, pero tampoco se abrirán las “anchas alamedas” de una revolución triunfante. La hegemonía de este proceso social en Europa está en los conservadores. Mientras, la izquierda y las fuerzas de progreso permanecen en el desconcierto.

La socialdemocracia ha sido, junto a otros, la columna vertebral de un proyecto de España exitoso en estos últimos 35 años que nos ha conducido a un Estado moderno. A pesar de que en el camino ha ido dejando muchos jirones, posiblemente innecesarios, que hoy serían imprescindibles para la recuperación del impulso y la credibilidad. Yo provengo de la otra izquierda. Aquella que actuó con generosidad en el proceso democrático, el impulso del cambio y la reconciliación. La que sumó esfuerzos para la consolidación del sistema de libertades y nos llenó de orgullo tras influir, y determinar en buena medida, en lo que hoy son las trincheras de la resistencia democrática. Pero esa izquierda hoy rechaza su propia historia y solo plantea resistencia y rebelión como si su proyecto no fuera de este mundo en un claro ejemplo de política “adanista” como si acabara de entrar en contacto con la sociedad.

Definir un proyecto de España como proyecto común que cuente con un respaldo mayoritario debería ser un objetivo de todos. Pero esto parece imposible. La derecha del PP ni lo busca, ni lo quiere, ni lo desea. Su proyecto tiene éxito; no contempla derechos sociales, ni igualdad de oportunidades, ni proyecto de integración, ni de redistribución de la riqueza. Sólo pretende la destrucción de nuestro pequeño Estado del Bienestar.

Sin embargo nunca debería descartarse un amplio acuerdo común sobre las reglas de juego que compartimos una inmensa mayoría. Ahora bien, la izquierda sí tiene la responsabilidad de tener un Plan, un proyecto de País, que defina la España de los próximos decenios. Una propuesta, en definitiva, que tenga el apoyo mayoritario de quienes han perdido la confianza y de quienes no han vivido el consenso que nos ha sustentado en los últimos 35 años.

¿Reforma Constitucional?, ¿proceso constituyente? En serio, los cambios son imprescindibles. Pero en este momento la hegemonía de la derecha es tal que cualquier proceso sería de carácter reaccionario y no progresista. Podemos pedir la Luna pero la realidad es más miserable. Ahora la prioridad es derrotar a la derecha en su conjunto y crear una mayoría electoral y social de resistencia primero, de revertir decisiones después y más tarde de cambio y empuje de políticas progresistas. Lo demás sólo dará pequeños réditos electorales temporales pero alejará las posibilidades reales de cambio.

La Regeneración Democrática debería tener, en mi opinión, algunas premisas imprescindibles. La ubicación de Cataluña en España con un acuerdo suficiente, generoso y solidario, posiblemente Federal. Este es el verdadero problema, ni tan siquiera lo es el País Vasco, y ni mucho menos para el conjunto de las otras Comunidades Autónomas. Ser federalista no es votar “Sí” en un hipotético referéndum catalán. El acuerdo debe ser entre las Instituciones del Estado y las de Cataluña.

Se imponen también otras medidas de regeneración democrática y participativa que aborde la Reforma de los Partidos Políticos, su funcionamiento democrático, financiación, la celebración obligatoria de primarias ciudadanas abiertas para la elección de candidatos… etc. Es imprescindible también asumir una reforma electoral que permita identificar y relacionar más y mejor al cargo público directamente con sus electores a través de listas abiertas y/o desbloqueadas, tolerancia cero a la corrupción política, mayor proporcionalidad y posibilidades de segundas vueltas, si no se consiguen mayorías absolutas en la primera votación, que darían estabilidad y obligaría a la búsqueda de acuerdos amplios. En definitiva, mejorar el sistema de la democracia representativa introduciendo mecanismos de control democrático y de mayor participación. A la par, socialmente, debemos “blindar” los derechos democráticos y las conquistas sociales básicas y los pilares del Estado del Bienestar.

Necesitamos un nuevo Estatuto de la Jefatura del Estado con un papel más definido que supere la situación actual de “limbo”. Para ello sería imprescindible la abdicación rápida del Rey actual y la asunción por parte del Príncipe Felipe de la Jefatura del Estado bajo una nueva Ley de Transparencia. El tiempo dirá a la sociedad española si la utilidad y el papel equilibrador de una monarquía parlamentaria es más acertado y crea un mayor consenso social que un modelo republicano.

Debemos reforzar el papel de España en una nueva Europa. El gran proyecto Europeo que ilusionó a los ciudadanos a finales del siglo pasado tras nuestra integración en aquél lejano “mercado común”, ha frustrado esperanzas y ya no sirve. Por ello la creación de un espacio desde el Sur de Europa en comunión con los movimientos progresistas debe equilibrar la hegemonía actual de la derecha europea y del centro frente a la periferia. Más Europa sí, pero la actual ya no sirve.

Un proyecto progresista para España requiere un liderazgo fuerte, que diga la verdad, y que afronte los cambios. Que pueda pedir sacrificios pero que apoye a los de abajo y que plantee la redistribución de la riqueza como un criterio imprescindible en su actuación diaria.

Sin duda hay que buscar un momento de legitimación de las nuevas reglas de juego. Yo, que ya tengo 50 años, no pude votar la Constitución de 1978 aunque lo hubiera hecho encantado porque abrió una nueva España en la que vislumbrábamos un fututo difícil, pero posible, como así fue. Hoy no hay ni eso. Por esta razón el nuevo “Contrato Social” con la ciudadanía debe responder, como lo hizo nuestra Constitución entonces, a los nuevos retos y las nuevas demandas en un mundo cambiante.  Pero Dios nos libre de verdades absolutas y de recetas mágicas en la derecha y en la izquierda. Para ello, primero, articulemos un proyecto progresista, un proyecto de mayoría, que ahora no existe. Pero no dudamos ni de su necesidad ni de que pronto lo veremos al frente de nuestra sociedad.

[*] Rubén Fernández Casar es promotor de Espacio Abierto

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