Nuestra prioridad es salir de la crisis

Héctor Maravall Gómez-Allende | Abogado

Publicado en nuevatribuna.es | 04 Junio 2014.-

 
 

Aunque este el último mes de mayo el paro registrado ha disminuido un poco, la cifra sigue siendo socialmente insultante: 4.750.000 personas. Y si nos remitimos al paro estimado en la Encuesta de Población Activa, el número de parados se acerca a los seis millones. Por otra parte, según datos muy recientes del Instituto Nacional de Estadística, siguiendo los criterios de medición de riesgo de pobreza establecidos por la Unión Europea, AROPE,  el 27’3% de la población española se sitúa bajo el umbral de la pobreza (8.114 euros/año hogar de una persona, dos adultos 12.171 euros, dos adultos y dos menores 17.030 euros), un 6’2% de la población española, 2.800.000 personas, sufren carencia material severa y en mas de 700.000 hogares no hay ingresos por rentas del trabajo ni por prestaciones públicas de protección social.

Estos son los problemas más importantes y profundos de la sociedad española y por lo tanto los que de forma ineludible y urgente deberíamos resolver. Estamos lejos, muy lejos, de una salida de la crisis socialmente equilibrada, solidaria y que reduzca la creciente desigualdad.

En este panorama, por si fueran pocos y sencillos los problemas, surge el debate de si monarquía o republica, si referéndum, si reforma de la Constitución. Todo ello se suma a los de por sí complejos problemas de integración territorial que existen en Cataluña y en el País Vasco.

Siempre he sido republicano, y de izquierdas, porque debemos aclarar que hay muchos republicanos de derechas. No nos vayamos a equivocar. Considero que un modelo de estado republicano es más coherente con un sistema democrático. Igualmente pienso que este no es un tema accesorio y la ciudadanía tiene todo el derecho a pronunciarse sobre qué forma de Estado prefiere. Pedir un referéndum es plenamente legítimo. Como igualmente lo es plantear la reforma de la Constitución o llenar las plazas de concentraciones a favor de la Republica.

Ahora bien, dicho esto, al menos la izquierda debemos dejar de agitarnos entre nosotros mismos. Ni estamos en el 14 de abril de 1931 ni Juan Carlos es Alfonso XIII. Tenemos que hacer un esfuerzo de reflexión estratégica, a la que estamos muy poco acostumbrados  (y así nos va) para evitar ser conducidos (y dirigidos) por comentaristas, tertulianos, tuiteros… etc.

La primera pregunta que tenemos que hacernos, sin demagogia y previa lectura detenida, es si el pacto que hicimos y la Constitución que aprobamos en 1978 sigue siendo o no válidos. Porque es inadmisible la frivolidad con la que a veces tratamos el texto constitucional, fruto, en mi opinión, de un profundo desconocimiento del mismo. Creo que es difícil, muy difícil, lograr una reforma constitucional que sea más progresista que la de 1978. Entre otras razones porque la derecha española hoy es más conservadora que la UCD de entonces. Incluso hay sectores del PSOE que son más moderados que en 1978. A esto se añade la desafección territorial de CiU que no se produjo en aquél momento. Hoy es evidente el riesgo de que se produzca una reforma constitucional con tonos regresivos. Por lo tanto midamos mucho qué hay que reformar, qué pactos hay que configurar para lograr una mayoría cualificada y no abramos una reforma en canal que luego se nos atragante y asfixie a la propia izquierda.

La segunda pregunta que tenemos que hacernos es si la monarquía constitucional, que es precisamente lo que tenemos en España, ha sido o no un obstáculo para el desarrollo político, económico y social de nuestro país. En mi opinión, no lo ha sido. Aquí los errores de fondo los han cometido los diversos gobiernos, no el monarca. Quienes han hecho políticas antisociales han sido partidos votados por amplias mayorías ciudadanas. No tengo especial aprecio a Juan Carlos y menos aún a la reina Sofía tan conservadora ella. Pero no tienen responsabilidad en los problemas del país, más allá de meteduras de pata, errores y ciertos abusos. Así que para mí el problema no es la monarquía constitucional, sino qué políticas se han aplicado desde la Moncloa y qué leyes se han aprobado en las Cortes.

En tercer lugar, en la provinciana izquierda española tenemos que abrir la ventana, asomarnos al exterior y pensar que mientras aquí nos enzarzamos en sabrosos debates sobre si son galgos o podencos, con reflexiones más propias del siglo XIX que del XXI, el mundo ahí fuera está cambiando a una velocidad vertiginosa. China, India, Brasil, Indonesia, México, Nigeria, Sudáfrica,…etc. están caminando a marchas forzadas para barrernos productivamente y arrumbar nuestro modelo social, económico e incluso medioambiental. Las grandes multinacionales y los grandes capitales circulan por el mundo y ni siquiera los tímidos esfuerzos de Obama o de la Comisión Europea consiguen un cierto control del capital globalizado. La desregulación del mercado laboral es el gran reto de los trabajadores de todo el mundo y aquí los del 15-M y aledaños confluyen con la derecha cuestionando a los sindicatos de clase, que son los únicos que pueden frenarla y revertirla.

Así que no tenemos otra cosa mejor que hacer que paralizar, dividir y entretener, más todavía, a la sociedad española sobre si monarquía o república, en lugar de abrir el debate sobre los retos que la globalización impone a España y a Europa. No hemos aprendido nada del estimulante debate que hubo en la campaña electoral europea sobre el machismo de Arias Cañete. Vamos camino a una nueva victoria de la derecha.

Por último, la izquierda deberíamos mandar un claro mensaje al actual Príncipe de Asturias sobre qué es lo que queremos de él y qué es lo que vamos a exigirle. Situar de manera nítida cuáles van a ser las bases de su legitimación política, que en mi opinión se centran en tres compromisos: reforzamiento del funcionamiento democrático y erradicación de todas las formas de corrupción; lucha contra la desigualdad social, por el bienestar social y el medio ambiente e impulso de una nueva modernización del tejido industrial, las estructuras, servicios, dotaciones y recursos del país. Si el Príncipe va en esa línea, bienvenido sea.

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