‘Corruptio optimi, pessima’

Publicado en http://www.asturias24.es

Mariano Santiso

Hoy a los ciudadanos no les llegan ya las afirmaciones como las que estos días pronunciaba  la dirigente del PP Dolores de Cospedal: “La misma corrupción que hay en un partido político, la hay en la sociedad”. La falta de comportamiento ético de los políticos es el peor ejemplo, ya que como una correa de transmisión viene a justificar las malas prácticas de los ciudadanos. El principio romano corruptio optimi, pessima ya nos señalaba que la corrupción de los más altos representantes, de “las élites políticas y económicas” es la peor, la más sangrante, porque incide directamente en el pensamiento y en la acción ciudadana.

No sirve de excusa que haya ciudadanos corruptos porque las clases dirigentes, los políticos, tienen que ser ejemplo para la sociedad sobre la que gobiernan; ejemplo sobre esa ciudadanía que pretenden transformar. Si no es así ¿con qué legitimidad les van a pedir a la gente honradez? ¿Con qué derecho les van a pedir que contribuyan a la defensa de los derechos sociales, civiles y económicos que tan en entredicho se han puesto, se siguen poniendo en estos momentos de crisis? ¿Con qué legitimidad le vamos a pedir a los ciudadanos que paguen sus impuestos?

Paradojas de la vida: es una parte de la sociedad, esa que algunos señalan, la que está recordando a los políticos su obligación de servicio público, las que les recuerda lo conquistado, lo que no se puede ni debe perder, la que les exige decencia y honradez. A diferencia de  lo que ocurre en otros países, como en Francia, España no está adoleciendo de xenofobia ni de radicalismo, sino que demanda un revulsivo democrático y la recuperación de lo perdido en nombre de la crisis: la sanidad, la educación, las pensiones, la dignidad…logros que no se venden, no son moneda de cambio; sobre todo cuando el cambio aboca a un callejón sin salida.

la mano en el cajón

Es imprescindible apartar de la vida pública y exigir la restitución de lo robado a aquellos que hayan metido la mano en el cajón; especialmente si el hurto afecta a esos políticos que deben ser ejemplo de honestidad, y cuyas actuaciones ensombrecen el trabajo de los miles de alcaldes y concejales, de todos los partidos, que trabajan honestamente y, en su mayoría, gratuitamente para mejorar las condiciones de vida de sus vecinos.

Los asturianos que residimos y trabajamos en Madrid vivimos una eterna paradoja, en la capital nos consideran asturianos y en Asturias nos tienen ya por madrileños, convirtiéndonos en apátridas involuntarios. Sin embargo, esta paradoja nos permite tener un punto de observación más alejado de la refriega diaria en nuestra “aldea gala”, Asturias. Esa distancia no me impide seguir sintiendo como prioritaria mi tierra, así como mis ferrocarriles, y atender los avatares políticos; desde una experiencia política que me permite mantener la apuesta, como no podía ser de otro modo, por tratar de mejorar las condiciones de vida de los/as ciudadanos/as y pelear por una sociedad más justa y que promueva la igualdad de oportunidades.

Sigo con interés todos los días las noticias de mi Asturias y desde la distancia me produce tristeza ver que seguimos instalados en una crisis económica que golpea una vez más nuestro tejido industrial,  mientras  nos dedicamos más a destrozarnos y descalificar al adversario que a trabajar conjuntamente para solucionar los problemas.

Se reproduce en la vida diaria lo que llamo el síndrome del paso de cebra. Cuando uno es peatón se enoja con el vehículo que no se detiene y cuando uno es conductor se cabrea con el peatón que atraviesa despacito el paso de cebra. Así, cuando “los míos” cometen errores, los demás son corruptos.

atajos

Es verdad que uno de los modos de corrupción consiste fundamentalmente en tratar de buscar atajos para que una empresa consiga un contrato público saltándose los principios de concurrencia y  equidad; evitando  someterse a un proceso de selección de ofertas riguroso que garantice que el contrato se lo lleva la mejor propuesta en el binomio técnico y económico; pero en este diario goteo de casos se produce un silencio estruendoso, el de los propios empresarios y sus organizaciones. Se habla mucho de los corruptos y muy poco de los corruptores cuando es obvio que a quién perjudica en primera instancia es a las empresas excluidas de estos contratos millonarios.

Asturias lleva décadas sometida a una crisis industrial brutal en la que la pérdida de puestos de trabajo en la minería y en la industria ha sido tremenda, con un escenario en el que no hemos sido capaces de crear suficientes  empresas que fabriquen productos de alto valor añadido que aporten I+D, empresas que  generen puestos de trabajo productivos y que puedan competir en un mercado global.

Otra forma de sangrar a la sociedad es a través del BOE; así, los consumidores hemos “rescatado” además de a la Banca, a las eléctricas y hemos pagado en las últimas décadas 8.800 millones de euros (4.383 millones de la moratoria nuclear) o, traducido a pesetas,1 billón y medio por supuestos “costes de transición a la competencia” y “compensar el déficit de tarifa”. Estas cifras no las ha “ahorrado”  Bárcenas en 20 años.

La situación de Alcoa, que de paso utiliza a sus trabajadores como rehenes, es la expresión de la improvisación y “el dejar hacer”  de una Administración Central que no ha sido capaz de poner orden, o no ha querido, en el sector energético; enterrando miles de millones de euros que pagamos todos en nuestro recibo de la luz, para compensar los errores del sector privado; y aquí tienen su punto de importancia la utilización de personajes determinados con las llamadas puertas giratorias al servicio de las eléctricas. Eléctricas que, en agradecimiento, castigan a los usuarios y a los grandes consumidores como Alcoa o Arcelor-Mittal o Asturiana de Zinc, empresas estas últimas que ya advierten que pueden entrar en un proceso similar al de la multinacional del aluminio, asfixiando en Asturias la actividad industrial, precisamente la generadora de empleo estable y no especulativo, con las tarifas más caras de Europa.

No sé qué es peor por sus consecuencias, si la corrupción o la desidia.

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