¿Quién me representa?

Artículo publicado en Público.es el 30 de octubre de 2016

José Francisco Mendi
Psicólogo y miembro del colectivo Espacio Abierto

Soy hijo único. En realidad soy como todos mis congéneres. Sólo que yo no tengo hermanos. Esa realidad, cruel en la infancia pero tranquilizadora en mis relaciones notariales, me persigue desde mi nacimiento. A ella me aferro para justificar mis pequeñas obsesiones y encontrar así la benevolencia de los demás. Por cierto, suele funcionar, ya sea por convencimiento o por comprensión lastimera. Así que vaya por delante este frontispicio habitual de mi rareza para exponer la extraña paradoja que vivo conmigo mismo a la hora de identificarme con las formaciones políticas que empatizan con mis ideas

Soy una persona de izquierdas, progresista y que acepta el juego  de la representación política en las instituciones como un medio de cambio y mejora social, tal y como se concibe en la democracia actual. Puede resultar poco y mucho al mismo tiempo, pero me conformo con que deje de existir el hambre en el mundo y mis hijos vivan con más y mejores derechos de los que yo disfruto. Una meta que me parece, al unísono, tan revolucionaria como excesivamente modesta. Tengo otros objetivos más humildes, pero a su vez son imprescindibles para alcanzar los fundamentales. Por ejemplo, la articulación de una alternativa a la derecha que, desde la convergencia y la colaboración de las diversas izquierdas, permita un gobierno de progreso en España.

Tras un año con dos elecciones lo único claro que nos queda es un panorama de fractura y desolación en la izquierda española. Y aunque sea consecuencia de lo anterior, me parece más relevante ese dato que el hecho de que Rajoy sea, de nuevo (o de viejo), presidente. Es curioso como la pluralidad de ofertas electorales no ha mejorado la diversidad política e ideológica de la propia izquierda. No hablemos de su fallida convergencia en objetivos comunes ni de aunar una mínima cohesión que beneficie a una mayoría progresista de la ciudadanía. En esto el fracaso común es palmario. Hay dos verdades que se han constatado en estos últimos meses. La primera es que si Podemos hubiera permitido la investidura de Pedro Sánchez tras las elecciones de diciembre del pasado año, hoy sería presidente el defenestrado secretario general del PSOE. La segunda certeza es que Don Mariano no sería hoy presidente sin la abstención del ¿mismo? PSOE.

Mucho se ha dicho y se escribirá de estos desencuentros con tan trágico desenlace. Pero el objetivo de esta reflexión es suscitar más un debate de las ideas que de las estrategias o de las tácticas de las formaciones políticas ante la toma de decisiones. Lo más llamativo de la actual situación es que persiste, y resalta aún más, un enorme vacío político en el mercado de la democracia parlamentaria. Esto nos lleva a una paradoja en la que la ausencia ideológica convive con la diversidad de ofertas políticas. Si hablamos en términos de mercadotecnia, observamos cómo las empresas de la política ofrecen diversas marcas de productos variados, pero nadie es capaz de ofrecer uno de los productos más demandados y necesarios para los usuarios y consumidores de la izquierda. Me sorprende y entristece esta pobreza política cuando me parece tan evidente la necesidad de impulsar y ofrecer a la ciudadanía un espacio de representación que sigue huérfano a pesar de tener el parlamento más plural de nuestra democracia reciente. Me refiero a una socialdemocracia de carácter transformador. Lo que he venido en denominar como una eurodemocracia social.

Cada vez que alguna de las fuerzas de izquierda, o mejor dicho alguno de sus representantes, pretende acercarse y representar ese espacio político de la socialdemocracia, se sumerge en una crisis. Lo hemos visto a la hora de desalojar al anterior responsable de la secretaría general socialista o en las discusiones públicas entre Íñigo Errejón y Pablo Iglesias. Sin duda el intento de Pedro Sánchez de forjar un acuerdo alternativo que sumara a fuerzas de izquierda y de cambio para conseguir un gobierno de progreso forma parte de esa cultura de la socialdemocracia transformadora. Con capacidad de encuentro y acuerdo con las otras izquierdas y también con fuerzas nacionalistas que forman parte del diálogo necesario para compartir un territorio en común desde la diversidad. También se incluyen en esa socialdemocracia transformadora propuestas de cambio social como las que vienen defendiendo tanto los sindicatos de clase como otros actores de la izquierda sensata de este país. Revisemos uno a uno, una a una, las personas y las firmas del manifiesto “Por un gobierno de progreso” que reclamaban un acuerdo entre PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos: socialdemocracia en esencia pura.

Hoy sigue vacío ese espacio político. La actual (y provisional) dirección socialista parece renunciar al mismo con su gesto de dar paso a Rajoy. Podemos, por su parte, ha sabido trasladar la protesta social del “15m” al parlamento en forma de diputados. Pero es incapaz de transformar la movilización en una respuesta institucional de gobierno beneficiosa para la ciudadanía. Nadie ha podido o querido ofrecer y defender ese ámbito de representación. Seguimos a la espera de que cuajen las señales emitidas por distintos actores en momentos concretos que incluso podrían sumarse y confluir. Ya sea desde alguna de las formaciones existentes, lo que implicará cambios profundos en su seno, o bien desde una nueva propuesta política para la que hace falta capacidad de decisión e incluso atrevimiento no exento de riesgo. Hay abundante agua electoral en esa piscina. Pero la altura puede dar vértigo.

Tengo la impresión de que somos muchos “hijos únicos” los que compartimos esa orfandad política. Y también estoy convencido de que en realidad formamos una gran familia, con multitud de “hermanos”, que seguimos buscando una “mamá” en forma de socialdemocracia transformadora en torno a unos Pirineos más europeos que nunca. Pero vamos, igual es que soy muy raro. ¿Les he dicho que soy hijo único?

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